"Haceme preguntas por favor..."
Eso me dijo una consultante, a mitad de nuestro primer y único encuentro. Con los ojos llenos de lágrimas, tratando de quebrar ese silencio de apenas segundos, en los cuales la barrera que contenía su profunda tristeza, amenazaba con quebrarse.
Eso me dijo una consultante, a mitad de nuestro primer y único encuentro. Con los ojos llenos de lágrimas, tratando de quebrar ese silencio de apenas segundos, en los cuales la barrera que contenía su profunda tristeza, amenazaba con quebrarse.
Me lo pedía
con la voz, me lo suplicaba con la mirada. Sentí que reflejarle esa emoción
sería empujarla a ese lugar del que deseaba escapar, así que accedí y le
pregunté acerca de su vida. De inmediato
su expresión se relajó, y claro, me contó de su familia, sus cosas, etc. Pero
las respuestas eran lo de menos, lo notable era el alivio que expresaba su
cuerpo, sus ojos, por haber evitado contactar con ese dolor terrible, inexpresable.
Ese breve
encuentro me dejó esta inquietud que aún hoy me resuena:
¿Cuántas veces las personas estarán esperando las preguntas del
terapeuta, no para encontrar la respuesta a su problema, sino justamente para
esquivar el mismísimo núcleo del problema?
¿Preguntas que alejan, en vez de acercar?
¿Preguntas que sirven para agitar las aguas, porque si las dejáramos
quietas como se hace en el Enfoque, el observar su propio reflejo les resultaría intolerable?







